El borrador biológico de una promesa

Portada móvil

En 1951, mientras una mujer caminaba por una España austera sin imaginarlo, dentro de su vientre no solo crecía su hija, sino también —en forma de promesa biológica— parte de la siguiente generación. Este relato entrelaza memoria familiar y ciencia para revelar una de las maravillas menos conocidas de la biología humana: cómo los óvulos se forman durante la gestación y cómo, antes incluso de nacer, tres generaciones pueden quedar unidas en un mismo cuerpo.

TEXTO POR ENEKO BERAZA
ILUSTRADO POR INÉS SIXTO (AYVN)
ARTÍCULOS
BIOLOGÍA DEL DESARROLLO
20 de Febrero de 2026

Tiempo medio de lectura (minutos)

En 1951, Esperanza —mi abuela— caminaba por el mundo sin sospechar que en su vientre pasaba algo simplemente alucinante: estaba embarazada. En su vientre se gestaba, nada más y nada menos, que mi madre.

Ella caminaba como se caminaba entonces, pendiente de mil cosas pequeñas que hoy olvidamos —la compra racionada, la cocina creativa (esta de verdad), los horarios del tren de su marido Víctor—, pero siempre con esa dignidad silenciosa de quien aprendió a ir de puntillas por la vida y también producto de unos meses de talego por cosillas republicanas. Aquella España era otra: más dura y austera, pero también llena de mujeres como ella, que habían sido forjadas por una guerra civil sin llegar a la veintena.

A Esperanza le encantaba el cine. Mientras su barriga crecía, el mundo entero se dejaba deslumbrar por Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo. Ella tuvo que esperar hasta 1956 para verla: cosas de la censura, que siempre llega antes que la modernidad. Pero había algo que sí llegaba a tiempo: la radio. Entre chasquidos y siseos, en los comercios sonaba la voz de Concha Piquer cantando el Romance de la Reina Mercedes. Y mi abuela, muy seria y muy suya, la tarareaba muy bajito de vuelta a casa. En el paso a nivel, cuando el tren de Víctor atravesaba el valle rumbo a La Robla, ella levantaba la mano a modo de saludo y musitaba:

Una dalia cuidaba Sevilla
En el parque de los Montpensier...

El amor de Esperanza, yo lo sé muy bien, era discreto, sin aspavientos. Así, siempre a través de actos y nunca de forma verbal, encontraba su lugar en el mundo. Y quizá por eso me emociona tanto saber que mientras ella canturreaba bajito, dentro de su vientre no solo crecía mi madre, sino también una parte de mí. De alguna forma, yo estaba allí: en 1951. Chúpate esa, McFly.

Porque aquí viene la maravilla científica que parece inventada por un poeta: el óvulo que un día sería la mitad de mí ya estaba formándose dentro del feto que era mi madre. Es decir, yo existía —en borrador, en promesa— en el interior del cuerpo de una mujer que aún no me conocía.

Durante la gestación, los ovarios del feto femenino producen millones de células germinales llamadas oogonias. Pocas palabras tan raras tienen un significado tan hermoso. Las oogonias se multiplican, se transforman en ovocitos primarios y luego quedan en pausa, en una especie de sueño biológico que puede durar décadas. No maduran, no avanzan, no buscan nada: simplemente esperan. Luego puede ocurrir cualquier cosa: fiebres infantiles, accidentes, noches en vela, dictaduras, veranos enteros o canciones en una radio AM. La mayoría se acaba perdiendo —la vida no entiende de sentimentalismos—, pero algunas resistirán y serán las que, años después, al llegar la pubertad, despertarán una a una para dar una oportunidad al futuro.

En 1951, mientras mi abuela hacía su vida sin estridencias, mientras llevaba bolsas, saludaba trenes y cantaba bajito, mientras ayudaba a sus padres en la huerta y atendía a mi tío Javi, mientras lloraba por las noches la muerte de su primogénito horas después de nacer.... dentro de ella ya habitaba la mitad de mi existencia, en una unión silenciosa entre tres generaciones que aún no se conocían entre sí.

Y quizá por eso ese año —1951— me sostiene tanto. Porque antes de que yo pudiera decir 'yo', ya estaba en parte allí, en el vientre de dos mujeres fascinantes y apasionantes, sumergido en una matrioshka mágica e infinita. Antes de mí, antes de ser yo, siempre estuvieron ellas: Esperanza, mi madre, y ese hilo invisible que une a las mujeres que me regalaron la vida.

¿A que es alucinante? La ciencia casi siempre lo es.

 

Deja tu comentario!